Vinos

Espumantes de Sudamérica

Uno de los grandes inconvenientes de los vinos espumantes que nacen en las zonas productoras sudamericanas, es la falta de una denominación comercial o la falta de un lugar en común que permita hacerlos reconocibles. Veamos que esa especie de enardecimiento mercantil por las regiones con regulaciones de por medio, son las que han ayudado a Europa a no caer automáticamente en la amplitud de un mercado, donde circulan y pelean por el cuarto y quinto puesto una gran variedad de vinos espumosos imprecisos. Llámense sparkling wines, vin mousseux, spumanti, llegando así hasta la conflictiva y corriente apelación de ‘espumante’, usada tanto Portugal así como en la mayoría de los países Sudamericanos.

En la actualidad esto se ha tornado un tema no menor, y al parecer ha logrado dejar bajo cierta presión a Argentina y Chile, quienes ya piensan en convocar a reuniones, comités y correos electrónicos (en el caso de Chile) para formular desde su asociatividad algún alias que los represente. Mientras tanto en el viejo mundo cunde la tranquilidad al ir sin competencias, generando dividendos territoriales y viendo como se engruesan las filas de turistas, quienes son los encargados de captar la fantasía del relato histórico provincial, que se justifica y ampara en el pago cada una de las botellas que reposan en los pupitres.

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Como sea que se dé nuestro indefinible panorama, en países como Argentina, Brasil y Chile, se dan testimonios de la elaboración de vinos espumantes muy atípicos y sin restricciones, donde cada país productor conforme a su realidad deja el espacio y libertad suficiente para pensar en cual será el siguiente paso: si ir algún día a competir muy por debajo de la espectacularidad de las DO europeas con un ofertón de masiva calidad, o simplemente, levantarse con un nombre propio y quedar en una cómoda y rebuscada posición intermedia, esa que se encuentra inexplorada y vacía entre las ansias de prueba del nuevo mundo y la poca novedad del viejo.

En Brasil, Casa Valduga deja un firme mensaje que puede ser fácilmente corroborable: tomarse con seriedad significativa la toma de espuma.
Valduga extrae su fruta de sus viñedos en la reconocida capital del vino brasileño, Bento Gonçalves, pleno centro de la Sierra Gaucha, el mismo lugar donde posterior al año 1875, inmigrantes italianos establecieron como principal base de su economía la elaboración y venta de vinos. Llegando ser reconocida hasta el día de hoy como la capital de vino brasileño.

El gran merito actual de Casa Valduga, es haber montado una verdadera y completa lista rotatoria con espumantes que van desde los 12, 36 y 48 meses en sus lías. Si bien casi la totalidad de sus vinos pasa por el método tradicional, es interesante probar un moscato giallo, un vino que bordea los 7,5 grados de alcohol, que aseguran ser procesado enteramente por el método Asti, y que para bien de su identidad, no alcanza a ser una réplica italiana, al no tener la típica densidad dulce e impregnante del Asti tradicional. La acidez que presenta deja una traza de frescura que aumenta esa distancia.

La línea fuerte de la bodega brasileña está representada en dos espumantes, el 130 Brut y Maria Valduga, ambos pinot-chardonnay de método tradicional con 36 y 48 meses respectivamente. 130 viene con una destacable burbuja fina e integrada, entremezclada con un leve dejo mineral en boca, lo transforma en un vino que en boca parece crujir. En el caso de María Valduga, sobran los aromas a tostados y maduros de fruto seco y un extraño un engañoso dulzor en nariz. Los espumantes de Valduga son de esos vinos que exigen inmediatamente algo para comer, desde su sequedad y profundidad de aromas hay algo que parece facilitar esa ansiedad. Muy buenos, sorprende que de Brasil salga con vinos de una excelente calidad y factura.

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Sin duda alguna Argentina es un país que ha puesto un cuidado excepcional a la fabricación de sus vinos espumantes. Tiene un muestrario y una vasta cantidad de exponentes y calidades, que le hubiese permitido hace bastante tiempo haber legitimado algún apelativo para marcar su territorialidad. Pero botemos mientras tanto este tema, ya que es mucho más interesante ver como se mueve y concentra una verdadera masa de espumantes, donde convergen escuelas y técnicas muy diferentes separadas por el tiempo, como la de Pedro Rossel con la actual Viña Cruzat, y la apuesta de Zuccardi. Dos formas de concebir la realidad que resultan complementarias más que distantes desde la edad y la experiencia de cada uno.

Esta vez quiero centrarme en Pedro Rosell, quien ha adquirido relevancia en sus ya 50 años dedicados a la producción y crianza de vinos.

En lo personal no me quedan muchas dudas que Pedro Rosell vendría siendo el primer equivalente sudamericano a un chef de cave, el oficio desde el cual se basa la tradición de salvaguardar una formula o receta para las tradicionales casas de champagne. Desde el cotejamiento de datos de suelos y cosechas, obtención y cata de vinos, prueba y equivalencia entre base y reservas, y el resto de las labores de crianza en lías y posterior dosage, están a cargo de este especialista que trabaja y estudia únicamente para la obtención de un vino de determinada personalidad, que pareciese consecutivo e inalterable año tras año.

Siguiendo la pista de su trabajo hay que repasar lo que fue Rosell-Boher hasta llegar a Viña Cruzat, sólo así se puede dejar constancia que el ingeniero repite el examen de calidad y da un espumante que no abandona su estilo. Hay que centrarse y poner atención en Cruzat Cuvée Reserve extra-brut, cuya fruta se extrae de los viñedos de Tupungato, provincia de Mendoza. Que reposa 18 meses en sus levaduras que se proyectan en un vino de burbuja muy fina, integrada y persistente, de recuerdo largo en boca, acidez ajustada, fruta blanca que se desprende en varias capas, siendo desde el comienzo del descorche de aromas muy tenues pero que contrastan con esa exquisita sobriedad y potencia en boca. Al pasar uno minutos conserva su integración y estructura, pero adquiere un lento peso en nariz, que no es para un defecto, creo que es un progreso que no desborda en la complejidad obsesiva, lo cual finalmente resulta ser algo muy elegante. Consecuente diría yo.

Un ejemplar que obligatoriamente uno le sigue el rastro año tras año.

Como lo han subrayado varios especialistas: al parecer es casi una certeza y no un dogma que el mejor chardonnay siempre ha de tener puesta sus raíces en suelo calcáreo.

Desde aquella certeza Viña Tamaya tiene un ejemplo que considero relevante, a tal punto lo es que en innumerables ocasiones ha sido llamado desde el silencioso favoritismo como el mejor espumante de Chile. Curiosamente es el que secunda para una parte de la prensa, la cual ha dado preferencia a otros espumantes que por un alcance técnico “rebuscado” han de poseer bastante cuerpo, pero no una buena evolución, que finalmente delata los pormenores y apuros.

Mi llamado de atención es centrarse únicamente en el Tamaya Blancs de Blancs Brut Nature, que se proyecta desde el Valle del Limarí, en las cercanías de Ovalle, ciudad del norte chileno que mantiene el contraste de ser ciudad y pueblo, donde es posible contemplar cómo se levantan viñedos entre corrales de caprinos y extensos frutales y olivos.

El enólogo José Pablo Martin viene a trabajar directamente una pieza en bruto, un chardonnay proveniente de suelo calcáreo, el cual es portador de una acidez natural sorprendente, que al no pasar por fermentación maloláctica conserva toda su verticalidad, que sumado al perfil aromático tenue y característico de los vinos blancos del Limarí, permite obtener condiciones únicas para apreciar con nitidez su paso por las levaduras y crianza, entregando un vino que en su primera capa transparenta sus notas lácticas. Una nota rebuscada que siempre se apetece en un buen champagne.

Otras razones para tener en cuenta el trabajo de Tamaya es la integración vino-carbónico. Al comienzo en copa hay ciertas dosis de explosividad en sus burbujas, pero que tras reposo sube en cadena perfectamente, lo que da pie para el mejor examen: tiene al menos tres tiempos o evoluciones posteriores al descorche, indicador de un buen y controlado paso por las lías. Pero toda a esta excepcionalidad hay que agregar que a pesar de tener un periodo de reposo en botella, aún se siente algo joven y explosivo. Queda a voluntad darle más tiempo en botella, limitándome a constatar que tras haberlo probado después de 4 años posteriores a la añada indicada en su etiqueta, es posible apreciar cómo va ganando cremosidad y cómo va manteniendo su acidez y mineralidad, a la cual suma el aporte de la oxidación, que brinda una extraordinaria complejidad y madurez en fruta. Un vino excepcional dentro del círculo de los espumantes chilenos que ha generado un culto silencioso. Eso también vendría a ser algo excepcional.

Quedan al debe otros países y sus espumantes, el resto de los países Sudamérica con recursos vitivinícolas no se quedan cortos al tratar y usar lo que se tenga a disposición para crear espumantes, ejemplo es el Perú con Bodegas Queirolo y su “Vals” de Moscatel de Alejandría, Viña Tacama con el brut con ugni blanc, el cuvee Castelar de Uruguay y otros tantos en trámite que dejan este tema en puntos suspensivos. A la espera que de una vez por todas se deje hablar que esta variedad de vinos parecen siempre una eterna novedad, o que son un eterno que boom y tendencia que se eleva en la curva de ventas año tras año; cuestión que no nos debería importar. Desde el otro lado, esto es sólo vino y celebración.

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