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Borgoña: la agonía y el éxtasis

Existe un famoso refrán en el mundo del vino que anuncia que “Dios hizo el Cabernet Sauvignon, pero al diablo es a quien le debemos la Pinot Noir”. Desconozco el origen de esta máxima, pero ciertamente se relaciona a la que probablemente es la más impredecible y majadera de las uvas que provienen de la vitis vinifera. En calidad de consumidor, he tenido experencias con la Pinot Noir que, literalmente, van de lo mundano a lo sublime, de lo espiritual a lo pedestre y, por qué no decirlo, de la agonía al éxtasis.   Me parece que en ningún lugar del mundo es más evidente el contraste de lo que esta uva puede producir que en su lugar de origen, la Borgoña francesa.

Digo esto porque al día de hoy la Pinot Noir se vinifica con gran éxito en California y Oregon en Estados Unidos, así como en Nueva Zelanda, Australia, Argentina, Chile y, por supuesto, zonas más frías como Austria y Hungría. Ahora bien, es en la Borgoña donde el varietal alcanza su mayor expresión de calidad, magia y sensualidad. Probablemente, en términos personales, es mi uva favorita por su versatilidad a la hora de maridarse con comida, al igual que por esa capacidad tan suya de darnos unos tremendos “baños de humildad” a los amantes y consumidores de vino. Digo esto por razón de que he tenido grandes epifanías gracias a la temperamental uva, pero también unos duros golpes contra esa infranqueable realidad de que jamás se puede saberlo todo en el mundo del vino, de que somos aves de paso por este abarcador e inmeso universo que significa la cultura del vino.  Pero volviendo a la Borgoña y a Borinquen, la semana pasada se llevó a cabo una sensacional cata en el Horreo de V. Suárez, dirigida por un verdadero experto del tema de vinos y de la Borgoña-también su uva favorita-, el buen amigo Edwin Alfonzo, donde se presentaron varios vinos de la Bodega Louis Jadot de Borgoña. En términos generales es conveniente reseñar que Louis Jadot tiene más de 150 años de existencia haciendo vinos exclusivamente en la zona de Borgoña. Su logo y presentación de etiqueta es inconfundible: la cara del dios del vino Baco sobre una etiqueta amarilla. Louis Jadot es una empresa familiar que busca reflejar al máximo ese elusivo, pero esencial concepto del terroir o terruño, que no es otra cosa que una combinación de factores que hacen reconocibles e inconfundibles los vinos de un determinado lugar, y que en la Borgoña, tal vez, tiene mayor fuerza e importancia que en otras partes del mundo vinicola. Desde su fundación a mediados del siglo XIX por don Louis Henry Denis Jadot hasta el sol de hoy, esta bodega ha sido un referente de calidad e innovación contribuyendo, tal vez en mayor escala que todas las demás casas de la Borgoña, en ubicar estos vinos en el mapa de los grandes vinos del mundo y de forma accesible a una gran cantidad de consumidores. Hoy en día, para que se hagan una idea del tamaño y alcance este domaine, que desde el 1985 es parte de Kobrand Corporation, controla sobre 150 héctareas de tierra en la Borgoña, inlcuyendo las zonas de la Cote d’ Or, el Maconnais y Beaujolais, donde Jacques Lardieres, su enólogo principal, trabaja los varietales de Pinot Noir, Chardonnay y Gamay.En cuanto a los vinos de la cata, les refiero la lista, en el orden que fueron degustados, con mis notas y apreciación que, como saben apreciados lectores, es la de un mero amante y consumidor de vino que no les quiere influenciar, pero que más bien desea sean ustedes quienes prueben estos vinos y generen sus propias impresiones que, al final del día, como suele suceder en el mundo del vino, se trata de construir recuerdos inolvidables.

 

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Louis Jadot, Chardonnay, 2012: Servido como aperitivo, en nariz tenía notas muy evidentes de manzana, algo de miel, con un paso por boca semi cremoso que no le hacía perder frescura o estructura y unos dejos salinos admirables. Para ser un vino introductorio, estaba más que elegante.

 

 

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Puligny-Montrachet, 2010: Nariz muy elegante con manzanas frescas en caramelo, algo de fruta blanca, notas florales y ciertos matices de miel y cítricos amarillos. Cremoso en boca, envolvente que estará mejor en unos 3 a 5 años.

 

 

 

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Chassagne-Montrachet, La Romanée, 2009: Todo un vinazo con nariz de fruta blanca madura, flores, miel, limón eléctrico, notas minerales como de piedras mojadas, mantequilla caramelizada. El balance entre su increíble acidez y cremosidad es lo que hace que los grandes blancos de Borgoña sean los vinos favoritos de los amantes de la Chardonnay.

 

 

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Beaune, Clos des Ursules, 2006: En nariz posee notas de especias, hierbas, monte, cerezas en licor, clavo, musgo. Se percibe rústico, natural y directo. Tiene poco maquillaje. Es más bien, la tierra que te habla desde el fondo de la copa. Cabe recalcar que Ursules fue la primera propiedad que adquirió la bodega para producir vinos con uvas de terrenos propios.

 

 

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Nuits-Saint-Georges, Les Boudots, 2006: Algo más oscuro en nariz con aromas de frambuesa, frutillas salvajes, perfume de rosas. Elegantísimo en su paso por boca. Tiene un nervio templado y una acidez que causa una sensación vibrante en el paladar. Salida de cereza negra en caramelo con un final mediano.

 

 

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Gevrey-Chambertin, Lavaux Saint Jacques, 2006: Como dicen mis amigos españoles, tiene algo de “rebotica” en nariz apuntando hacia el alcanfor o el linimento y al pino recién cortado. Más grande que los primeros dos tintos en cuanto a concentración y carga frutal. Estará divino en unos años.

 

 

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Chambolle-Musigny 2009: Muy joven todavía. Sensual y oscuro en nariz. Fruta exuberante que tira a las cerezas negras y al clavo, un láser de fruta roja en boca. Los taninos te muerden el paladar y te piden comida a gritos. Vinazo.

 

 

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Vosne-Romanée, Les Beaux Monts, 2009: Muchísimo poder en nariz, con notas de bosque, hierbas, establo o rebaño-lo que no es malo, máxime en los vinos de Borgoña-, pero al estar tan joven la nariz no se ha expresado a plenitud. Se siente la intensidad, pero todavía no sabes a dónde te lleva. Me parece que será grandioso en unos años.

 

 

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Clos Saint-Denis, 2009: como se dice coloquialmente en nuestra isla, este vino es un “ternerito”. Tiene mucha fruta roja madura en almibar, con algo cítrico que tira a fruta roja, algo floral como de ramo de rosas rojas, especias muy finas, leves recuerdos a un chocolate muy fino. Como dije en redes sociales reportando en vivo desde el evento, es un pecado abrirlo en el 2014, pero es parte de la evaluación y del placer de vivir siempre en el presente.

 

Grand Cru Beaujolais, Jacques Clos de Rochegres, Moulin-A-Vent 2006: La curva de Edwin. Vino con el que arrancamos y terminamos. Un grand cru hecho de la uva Gamay, considerada erróneamente el “patito feo” de la Borgoña frente a la majestuosidad del Chardonnay y el misterio del Pinot Noir, que demuestra que dólar por dólar es muy difícil superar a estos vinos en lo que es precio versus calidad. En la nariz se mostró muy oscuro, con cerezas mentoladas, algo de frambuesas, ciertas hierbas de sazón de postres, y una buena carga de notas vinosas-licorosas. Cuando se reveló lo que era y su precio de $26 ya al final de la cata, muchos, entre ellos quien suscribe, quedamos con la boca abierta.

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