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Dehesa de los Canónigos: La clave está en la familia

Tengo por costumbre buscar una idea o tema que sirva como punto de partida a la hora de redactar una columna sobre el mundo del vino.  A veces, la inspiración surge de una secuencia de imágenes, otras veces de un color, de un recuerdo, o de alguna cita célebre, de esas que se quedan prendidas a la memoria para no salir de allí jamás.  En otras ocasiones, la musa viene acompañada de palabras sencillas, de esas que se usan a diario, las cotidianas, las de la gente “de a pie”. Palabras amadas que para el genial Pablo Neruda en ocasiones “brillan como perlas de colores y saltan como platinados peces.”

En ocasión del presente escrito, la llave que abrió la puerta al recorrido de mis manos por el teclado fue la palabra “familia.”  Vocablo esencial que constituye la piedra angular de la civilización desde que el hombre cavernario descubrió el fuego para darle calor a sus seres queridos. Pensé en ella, casi de forma instantánea, luego de aprender un poco la historia de la bodega Dehesa de los Canónigos, sita en la Ribera del Duero y representada en Puerto Rico por Ballester Hermanos.  Esta bodega, que en el 2014 celebra su cuarto de siglo como empresa familiar dedicada de lleno a la producción de vinos de calidad, fue la anfitriona de un almuerzo que se llevó a cabo en el restaurante Capital, del chef José Enrique, como parte de una degustación de vinos para los medios de prensa a la que muy gentilmente fuimos invitados por los amigos de la Enoteca de Ballester.

La velada era auspiciosa desde el saque ya que dos de los integrantes de la familia detrás de la bodega, los Sanz Cid, eran los encargados de conducir el evento.  Belén e Iván Sanz Cid, encargados de la gerencia de la bodega y de la dirección técnica de enología, respectivamente, comentaron que la historia de Dehesa de los Canónigos se remonta al 1835, cuando la familia Lecanda adquirió la bodega junto a otra propiedad que responde nada más y nada menos que al nombre de Vega Sicilia.   Ya entrado el siglo XX, concretamente en el 1931, la familia que es dueña en la actualidad adquirió Dehesa de los Canónigos.  Desde entonces ha servido los propósitos de la explotación vinícola.   Durante casi medio siglo, la bodega vendió sus uvas a importantes enólogos de la zona para la confección de vinos de alta calidad.  Así pasó el tiempo hasta que a mediados de los ochenta varios amigos de Luis Sanz, padre de Iván y de Belén, le convencieron para que embotellara su propio vino. En el 1989 se lanza al mercado la primera cosecha de Dehesa de los Canónigos.  Es evidente que la unión familiar, el remar en una misma dirección para hacer honra a la tradición de los antecesores es algo que este grupo de seres humanos tiene muy presente.  Dice una frase muy hermosa que la meta principal de toda familia es brindarle raíces y darle alas a los suyos.  En el caso de Dehesa de los Canónigos, ambas cosas suceden de forma literal ya que la grandeza del proyecto familiar no estriba necesariamente en la calidad del vino- que es inmensa-, sino en esas profundas raíces que les vincula a la Ribera del Duero y también a un mundo que les llega a conocer por sus maravillosas confecciones.  Curiosamente, sus raíces se desplazan por el mundo sostenidas por las alas de la tecnología y, por qué no, por esos lugares soñados de la imaginación por los cuales uno viaja de la mano de ciertos vinos.

Entrando en materia de cata, les cuento que como parte del almuerzo, que comenzó con una deliciosa cava rosada De Nit de Raventós i Blanc como tentempié, se sirvieron de aperitivo unas deliciosas bolitas de queso gouda, croquetas de jamón, chicharrones de salmón y empanadillas de carne mechada. Como podrán imaginar, la combinación de la textura de las frituras con la fina burbuja y la acidez vibrante de la cava lograron una excelente armonía que sirvió bien los fines de mojar el paladar y coquetear con el apetito para lo que vendría a continuación. El cava tenía en nariz notas muy agradables de pomelo, toronja, fresas y algo de limón. En boca se sentía fresco y delicado, idóneo para los calores que de a poco van llegando a Puerto Rico.

Antes de empezar propiamente la degustación de los vinos convocados a la cita, los hermanos Sanz Cid nos contaron sobre un nuevo proyecto que ha lanzado la bodega, destinado a un consumidor más joven y tal vez más relajado y casual a la hora de consumir vino, que lleva por nombre: “Quinta Generación”, al cual describieron como de sensación frutal, con una entrada alegre y juvenil que ve solamente 4 meses en barrica, distinto a los otros vinos que produce la bodega que descansan en madera durante mucho más tiempo.  El nombre de esta nueva empresa es, de nuevo, otro homenaje a la familia, en este caso a los más pequeñines que forman parte de la quinta generación de la familia desde que Dehesa de los Canónigos se convirtió en una compañía familiar.

Los vinos degustados:

Dehesa de los Canónigos, 15 meses en barrica, 2009: 88% tinto fino, 12% cabernet sauvignon. Suculenta y poderosa nariz con notas de vainilla tostada, grano de café, moras confitadas, notas balsámicas. La vendimia 2009 fue de buena calidad, pero más allá, según nos contó Belén, fue una añada tranquila, donde hubo un marcado calor-cosa importante para la maduración de las uvas- y poca lluvia. En la boca posee unos taninos muy presentes, pero bastante integrados, por lo que le auguro larga vida al vino. Cuenta con un 12% de un cabernet muy maduro (no verde), lo que aporta especias, regaliz, algo de grafito. Buen Vino.

Dehesa de los Canónigos Selección Especial, 2006: 88% tinto fino, 12% cabernet sauvignon. La idea de hacer este vino, según narra Belén, surge en el 2005, que fue una añada impresionante en la Ribera del Duero. Tan buena fue tal cosecha que solamente de probar la fruta se se sabía que se iba a conseguir un gran producto final.  El 2006, según cuenta la Directora Técnica de la bodega, fue una añada “luchadora.” De esas que vienen de menos a más, tal vez por la que no se apuesta mucho, pero que al final, al verla triunfar, genera las mayores satisfacciones. Cuenta Belén que, entre varios de los ajustes que tuvo que hacer para sacar este vino adelante, tuvo que sacrificar algo de color ya que notaba que no conseguía el nivel de fruta deseado en el vino. Por ello no quería meterlo en madera nueva. Simplemente faltaba la carga frutal que pretendía. Luego, como si el vino y ella estuvieran conectados por telepatía, la fruta empezó a dejarse sentir. Proviene de un solo viñedo y se presenta muy jugoso por lo que abre un tanto el apetito. Posee unas notas de torrefactos, tostados, fruta muy madura. En boca es sedoso y elegante, es un vino más “resuelto” que el 2009 con el que empezamos la degustación.  Tal vez, algo más tímido, pero que va cambiando en la boca del primer al último sorbo.

Dehesa de los Canónigos, Reserva, 2005:  85%tempranillo, 12% cabernet sauvignon, 3% albillo. Añada con la que todo enólogo sueña. Uno de los mejores vinos que he probado en el curso del 2014. Inmensa nariz de cacao fino, pasta de frutos rojos, monte bajo, minerales tirando al grafito, mentol, hierbas tendidas al sol. En boca es una seda que tapiza las muelas y las encías, dejando un final de boca sumamente largo. El 3% de albillo, que es un varietal blanco, sirve un poco para aportarle suavidad al vino y limarle un tantos las asperezas. A pesar de ser un vino con 9 años a cuestas, se siente muy vivo y dinámico. El tiempo no ha pasado por él. Es, más bien, uno quien debe agradecer la oportunidad de beber esta joya que probablemente nos sobreviva a muchos.  Dice Belén que ella no puede alabar mucho este vino ya que dice el refrán que “quién alaba a la hija es la tonta de la madre”. Ella prefiere que los cumplidos vengan de la boca de los demás. Los tiene todos merecidos. Vinazo.

Dehesa de los Canónigos Reserva, 2006: 85% tempranillo, 12% cabernet sauvignon, 3% albillo.  No me pareció el mejor ejercicio poner el reserva 2006 al lado del 2005. Es un poco como manejar un Ferrari para luego montarnos en una bicicleta, que también tiene su encanto por supuesto. De hecho, cuenta Belén que no se sabía si iba a hacer un vino reserva para el año 2006. Tiene en nariz notas de frutas rojas en almíbar, chocolate, mentolados. Nos cuenta la enóloga que un crítico de vinos en España, que tiende a ser algo severo en sus evaluaciones, expresó que este ejemplar demuestra que en el 2006 también se consiguieron buenos vinos. Siempre va dando sorpresas. Es mucho más corto en nariz y en boca que el 2005, pero es algo más floral y delicado. No se debe olvidar uno que ciertos paisajes se disfrutan más montados en una bicicleta que en un carro deportivo de último modelo.  El que sabe buscar aprende a encontrar los encantos.  Salud!

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