Un Prosélito del VinoVinos

Cambio de paradigma en el gusto puertorriqueño

Durante la mitad de la década pasada yo, como muchos puertorriqueños, opté por hacer mis maletas y probar suerte fuera de la isla. Cuando me fui dejaba una isla en la víspera de una debacle económica y donde los patrones de consumerismo en cuanto al alcohol eran, por falta de una mejor palabra, predecibles.  La gente pedía siempre lo mismo, y había siempre cosas que eran consideradas estándares de calidad y de los cuales nadie en su sano juicio atentaría cambiar. En el mundo de las cervezas, las grandes marcas eran reyes de la juventud, de los auspicios y de los establecimientos. En el mundo del os vinos, a nivel comercial (no hablo de los coleccionistas ni de conocedores) eran pocos los valientes que se atrevían a probar cosas que no fueran las uvas conocidas de los lugares tradicionales.

Luego de una estadía de aproximadamente media década fuera, regresé con alegría y nuevas oportunidades más encontrándome con un Puerto Rico distinto, que había cambiado económicamente, socialmente y hasta había cambiado su patrón de consumerismo. Para los que estuvieron siempre aquí fue algo gradual pero para mi fue un cambio grande. Por un momento me sentí como el personaje de Rick Grimes de la sería televisiva The Walking Dead luego de despertar de su coma (sin los zombies claro está).

La primera diferencia que noté fue que además de venderte su Corona, su Medalla y su Coors, las barras ahora competían por quienes tenían las cervezas más raras y contaban hasta con una carta de cervezas de distintos países, sabores, estilos, etc. La palabra ‘artesanal’ hizo su entrada triunfal y se desarrollaron lugares especializados como La Taberna del Lúpulo y la Taberna Boricua que cuentan con unos inventarios increíbles de cervezas y un personal que conoce muy bien lo que vende.

No solo había una nueva fascinación por las micro cervecerías locales  que se empezaron a desarrollar (Como Dacay, Old Harbor, Boqueron Brewery) sino que había un interés local por crear cervezas. A día de hoy Puerto Rico cuenta con una asociación de micro-cerveceros, casi media docena de nano-cerveceras artesanales vendiendo su producto en cantidades bien pequeñas  y un sin fin de personas haciendo sus propias cervezas en sus casas. También se ofrecen cursos de cómo hacer sus propias cervezas en lugares como Caribbean Brewing (de Billy Norris quien lleva muchos años en eso) y a nivel general, es  formidable ver como el puertorriqueño muchas veces escoge las cervezas locales sobre las extranjeras.

Recientemente leí que la marca Corona estará ampliando su presupuesto para enfocarse en el mercado de las personas mayores de cuarenta años, un cambio radical de su tradicional mercado enfocado predominantemente en la juventud y realmente lo que suena es a un intento de reconquista de sus pasados consumidores que han pasado al mundo artesanal.

En el mundo de los vinos es más subliminal el cambio, pero está presente.  Primero que nada aumentaron las personas que traían sus marcas de vinos y entramos en la era del micro-importador. Además se multiplicaron los establecimientos que se autodenominaban ‘Wine Bars’ por todas partes de la isla. Le doy enfásis al área de Aguadilla que ha sido, como fue con la música, un punto importante para el desarrollo del área oeste con la creación de Copas, The Beer Box y ahora con Tinto.

Ahora los micro-grupos de amantes del vino son la orden del día. Siempre ha habido juntes pequeños de personas que participaban juntos de las sociedades tradicionales de vino en la isla, pero ahora se han formalizado estas sociedades. Y esto me parece fantástico. No hay mejor manera para aprender que teniendo un grupo de amigos con quien compartir una botella de vino y probar cosas nuevas y compartir el costo de aquellas que son un tanto más costosas.

Y a la hora de ordenar vinos, que por lo general en los vinos blancos era algo bastante estándar, de momento la gente que no sabe mucho de vinos está hablando de verdejos y de torrontés (que por cierto, que bueno porque tremendos vinos que son y se consiguen a buenos precios). Esto no era la norma. Las nuevas generaciones están chocando con generaciones anteriores que suelen ser más tradicionalistas y que en su mayoría solo toman Burdeo y Borgoña y están tan enamorados con los vinos de la costa oeste de los Estados Unidos como de los vinos importados de Suramérica.  Y no hablo de tomar Malbec. Aquí ese era el sinónimo del sur, pero ahora hablan de Tannat y de Carmenere y de Shiraz suramericano y me tengo que preguntar, ¿Qué sucedió? ¿Qué provocó este maravilloso cambio en el gusto de los puertorriqueños?

En primer lugar Puerto Rico es un lugar de modas. Nos encanta lo nuevo, nos encanta aquello que nos dicen que no debemos tener, aquello que es limitado, complicado pero placentero. Y, ¿qué mejor ejemplo que comprar cervezas y vinos, no tan conocidos y en ocasiones hasta más costosos que durante una recesión económica?  Eso suena bastante a nosotros. Pero a la vez muestra nuestro adaptabilidad como consumidores y nuestra creatividad empresarial. 

El crecimiento en los Estados Unidos de sus marcas artesanales (al menos en el mundo de las cervezas) también tuvo peso y levantó la curiosidad de muchos. De momento aquellos que importaban esas marcas artesanales se encontraron con una demanda del consumidor que les obligó a expandir su oferta.

Al final, los cambios son siempre buenos.  No necesariamente bien recibidos por todos,  pero buenos al fin. Y no hay que desatender la lealtad a una marca que nos guste. Simplemente darnos el espacio para atender otras marcas concursantes por nuestra atención. Hay mucho que probar, y poco tiempo para hacerlo. Así que disfrutemos de este nuevo paradigma que vivimos y brindemos por la maravillosa variedad a la cual tenemos alcance.

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