Un Prosélito del VinoVinos

El mejor vino es

1148059_13223859A la hora de disfrutar de un vino, nunca falta quien nos brinde explicaciones de cual es el mejor y porque. En las clases que se ofrecen de introducción a los vinos, en las revistas que leemos hoy día y los reportajes y análisis a través del internet, existe una expresión ya muy común que dice “El mejor vino es el que más te gusta”. Desde la perspectiva más sencilla no hay nada malo con esa expresión, más sin embargo el potencial de prescindir de siglos de mejorías en procesos de viticultura, estándares de denominaciones de origen y la experiencia de las casas productoras le prestan los elementos necesarios para una disección un poco más elaborada.

El gusto es una opinión legítima que lejos de ser perpetua, se afianza y torna dependiente del tiempo y  la experiencia. El gusto nos distingue de los demás y nos permite obtener una ilusión de individualidad social dentro de un mar de seres genéticamente iguales.

No pretendo sugerir que el gusto propio no tiene peso a la hora de degustar un vino.  Pero como bien me han compartido expertos de muchos años,  “Los gustos cambian”, los hechos no.  Un vino catalogado por expertos en el campo como excelente lo seguirá siendo no importa cuantos años pasen, más un gusto puede cambiar y lo que me gustaba ayer, quizás no me guste mañana.

Y entonces… ¿Qué nos queda? Ante todo nos queda la curiosidad. Ese indeleble ímpetu por probar y sentirnos que investigamos con nuestro aparato de la olfacción esos aromas visualmente ausentes pero formalmente recios y con nuestras papilas gustativas tropezamos con el misterio de esos sabores entretejidos en las gotas del morapio.

A lo que quiero llegar con este  artículo es que está bien disfrutar un vino sin ser un experto, más no está bien ignorar un proceso sistemático cuyo propósito es identificar elementos que separan lo bueno de lo excelente solo porque no tenemos la paciencia de adquirir experiencia. En un mundo donde todo se mueve tan rápido y la información está a la palma de nuestras manos, es genuina la tentación de volvernos dependientes a buscar la información y no aprenderla. Sin embargo, en el proceso nos estamos perdiendo de obtener esa experiencia que nos convertirá en expertos de nuestro paladar.

Si algo les puedo asegurar es que en esta aventura vitivinícola a la que nos dirigimos, nos divertiremos más atravesando los altibajos del camino del aprendizaje que cruzando la meta de la experiencia ya obtenida. Yo auguro muchos años de degustar, compartir, aprender y racionar mis opiniones dejando por sentado que para mí una opinión fundamentada en hechos tiene mayor peso que una opinión fundamentada en otra opinión. ¡Á la tienne!

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